La Torre Eiffel está ahí. Aunque casi no se la vea, pese a que cuesta distinguir su silueta –un fragmento de ella– por detrás de tanto andamiaje. Luce raro el Campo de Marte por estos días, su amplitud un poquito cercenada ante los preparativos para los próximos Juegos Olímpicos. Aquí, frente al símbolo máximo de la Ciudad Luz, se jugarán los partidos de Beach Volley y Fútbol para ciegos. Desde que Hemingway lo sentenció, París parece decidida a cumplir, una y otra vez, su destino: ser una fiesta. Así lo acomete ahora, en un mundo que no auspicia ningún espíritu festivo (al fin y al cabo, ¿alguna vez lo auspició?), armando desde hace meses la grilla y el plan para unos juegos que prometen suceder en medio de tembladerales geopolíticos. Pero así nacieron los Olímpicos: un paréntesis de paz, fuerza y destreza donde la humanidad se reconozca a sí misma.

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