21 de mayo de 2026

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Agua, fósforo y nitrógeno: las claves para planificar el trigo 2026/27

La buena disponibilidad hídrica mejora las perspectivas para el cultivo en gran parte de Córdoba, pero el aumento en los costos obliga a afinar el diagnóstico y ajustar la fertilización según el ambiente y el rendimiento esperable.

La campaña de granos finos 2026/27 arranca con dos variables contrapuestas: una buena recarga hídrica en gran parte de Córdoba y un fuerte aumento en los costos de producción, especialmente por la suba de fertilizantes y combustibles, que complejiza la planificación del trigo.

Las lluvias registradas durante marzo y abril dejaron perfiles con buenos niveles de agua útil en muchos ambientes, sobre todo en lotes con mayor capacidad de almacenaje, lo que mejora las perspectivas productivas. A esto se suma un contexto comercial favorable, con precios futuros atractivos que vuelven a impulsar planteos de trigo y dobles cultivos como trigo/soja y, en algunos casos, trigo/maíz de segunda.

En este contexto, Federico Pagnan, jefe de la AER INTA Justiniano Posse, remarcó que la clave es medir el agua útil a la siembra para definir el potencial de cada lote. “En buenos suelos trabajamos hasta los dos metros de profundidad y, con esa información, definimos si el trigo entra o no en la rotación. Con acumulados de entre 150 y 200 milímetros ya entramos en rangos de rendimiento de entre 3000 y 4000 kilos por hectárea”, explicó.

Según indicó, el agua disponible a la siembra es una de las variables que más condiciona el rendimiento del cultivo. En el centro y sudeste de Córdoba explica más del 50% de la productividad del trigo, mientras que en regiones más restrictivas, como el centro-oeste y el centro-norte provincial, esa incidencia puede llegar al 70%.

En un relevamiento realizado por agencias del INTA del sudeste cordobés —Bell Ville, Justiniano Posse, San Marcos Sud, Morrison y Cintra— se observaron napas en rangos cercanos al óptimo para el cultivo en gran parte de los 22 sitios evaluados. Pagnan también destacó la red de monitoreo de napas del INTA Laboulaye, con registros actuales y su evolución en el área de influencia de la EEA INTA Marcos Juárez. “No reemplaza el monitoreo en lote, pero aporta una referencia muy valiosa”, señaló.

“En base a esa oferta hídrica podemos estimar un rango de rendimiento alcanzable y, a partir de ahí, ajustar la estrategia de fertilización”, indicó. También recordó que el aporte de lluvias durante el ciclo sigue siendo una variable clave: en la región de Justiniano Posse, el promedio histórico ronda los 200 milímetros, aunque con fuerte variabilidad. De acuerdo con un registro de 120 años, en el 20% de las campañas más húmedas las precipitaciones superan los 260 milímetros, mientras que en el 20% de los años más secos caen por debajo de 129 milímetros.

Fósforo

Otro aspecto clave en la planificación de la campaña es el diagnóstico nutricional, en un contexto marcado por altos costos de fertilizantes, que pueden representar entre el 35% y el 50% del costo total del cultivo, según el ambiente y el nivel de precios. Esta situación obliga a ajustar la estrategia según la oferta inicial del lote y el rendimiento esperable. “Hoy más que nunca necesitamos saber dónde estamos parados para definir qué conviene en cada caso”, señaló.

En el caso del fósforo, explicó que se trata de un nutriente especialmente sensible para el trigo. En lotes con niveles muy bajos —entre 7 y 10 partes por millón, una situación frecuente en la región— su disponibilidad puede explicar diferencias de entre 10 y 20 quintales por hectárea de rendimiento.

“El umbral crítico para trigo está por encima de las 19 partes por millón. Por debajo de ese nivel tenemos alta probabilidad de respuesta y debemos pensar estrategias para corregirlo”, indicó.

Para ajustar la fertilización fosforada, en campos propios suele trabajarse con reposición, mientras que en campos alquilados predomina el criterio de suficiencia, orientado al retorno económico de corto plazo. Según Pagnan, esta estrategia puede ser eficiente financieramente, pero suele generar balances negativos de fósforo. “Lo ideal sería trabajar con reposición y construcción, sobre todo en lotes muy deficientes, para reponer lo extraído y empezar a recuperar niveles”, señaló.

Ese proceso quedó reflejado en un análisis de 15 años realizado con productores de la región sobre más de 30.000 hectáreas. En general, los balances de fósforo resultaron negativos en maíz y soja de primera, mientras que en trigo/soja de segunda se acercaron a la neutralidad, aunque con campañas deficitarias. “En 2025/26 incluso el trigo terminó con balance negativo, por la alta extracción asociada a los buenos rendimientos”, explicó.

En términos acumulados, el relevamiento mostró una pérdida cercana a 90 kilos de fósforo por hectárea en los últimos 15 años, aun en productores que mantienen rotaciones y trabajan con diagnósticos nutricionales. En otros lotes de la zona se detectaron pérdidas superiores a los 200 kilos por hectárea en el mismo período.

Para Pagnan, este proceso ayuda a explicar parte de la brecha de rendimiento de los sistemas productivos. “Muchas veces la fertilización se ajusta para maximizar la renta del cultivo, pero cuando tenemos buena oferta de agua la nutrición pasa a ser el factor que limita el potencial productivo”, afirmó.

Frente a una campaña con costos ajustados, planteó que una alternativa es avanzar en diagnósticos por ambientes dentro de cada lote. En sectores de mayor productividad, donde históricamente se extrae más fósforo, suelen encontrarse niveles más bajos del nutriente, mientras que en ambientes de menor rendimiento ocurre lo contrario. “Esa variabilidad nos permite ajustar dosis por ambiente y reducir costos donde la respuesta esperada es menor, sin resignar eficiencia en las zonas de mayor potencial”, afirmó.

Nitrógeno

El nitrógeno es otro nutriente clave en trigo, en un contexto en el que los fertilizantes nitrogenados subieron cerca de 40%. Su ajuste se define según el nitrógeno disponible en el suelo a la siembra —medido hasta los 60 centímetros— y el rendimiento objetivo. “Con esos datos y modelos ajustados para la zona, podemos estimar las dosis óptimas económicas a aplicar”, señaló.

Según el técnico, en lotes con rendimientos esperados de entre 2000 y 2500 kg/ha la respuesta a la fertilización nitrogenada suele ser baja, mientras que a partir de ese umbral comienzan a observarse respuestas significativas. “A medida que aumenta el potencial de rendimiento, también aumenta la disponibilidad óptima de nitrógeno que necesita el cultivo. Por eso es fundamental diagnosticar cuánto aporta el suelo y ajustar la dosis de fertilizante en función de cada ambiente”, señaló.

En modelos desarrollados para el sudeste cordobés, los ambientes de productividad intermedia —entre 2500 y 4000 kg/ha— alcanzan máximos agronómicos con disponibilidades cercanas a 150 kilos de N/ha, considerando el aporte del suelo y el fertilizante. En ambientes con rindes de entre 4500 y 6000 kg/ha, esos requerimientos se acercan a los 200 kilos, mientras que en lotes de alta productividad asociados a napa —con potenciales de 6500 a 8000 kg/ha— pueden superar los 240 kg/ha.

Sin embargo, Pagnan aclaró que en la práctica los productores no trabajan con dosis orientadas a maximizar el rendimiento físico, sino con estrategias que buscan el mejor retorno económico. “La dosis óptima agronómica no siempre coincide con la dosis óptima económica. Con fertilizantes más caros, el punto de mayor retorno se corre hacia abajo”, explicó.

Ese cambio se volvió especialmente evidente en la campaña actual. Con valores de trigo similares a los del año pasado, pero con una urea que pasó de unos 550 a cerca de 1000 dólares por tonelada, las dosis económicamente recomendables se redujeron en todos los ambientes. “Hoy estamos viendo caídas de alrededor de 30 kilos de nitrógeno en las dosis óptimas económicas respecto de la campaña pasada. El retorno positivo empieza a caer por el alto costo del fertilizante”, indicó.

Según explicó, esta situación obliga a afinar aún más el diagnóstico inicial del lote y ajustar las estrategias de fertilización para no sobredosificar en ambientes donde la respuesta económica ya no justifica la inversión.