Hoy, 8 de septiembre, en el Día del Agricultor, se reunió la Comisión Directiva de Bases Federas, llegando a una penosa conclusión: “Nada hay para festejar y mucho para reclamar”.
La promesa del presidente Milei, de reducción de impuestos no se cumple para los pequeños productores, pero sí les llega a las grandes multinacionales beneficiadas con el Rigi y Super Rigi.
Desde nuestra Entidad queremos expresar públicamente la profunda preocupación y rechazo frente a una presión tributaria que continúa castigando especialmente al pequeño y mediano productor agropecuario.
Resulta cada vez más difícil aceptar que se hable de “ganancias” sin contemplar adecuadamente la realidad económica de quien produce.
El productor agropecuario invierte antes de saber cuánto va a cosechar, cuánto va a valer su producción y, muchas veces, ni siquiera si podrá recuperarla. Enfrenta sequías, inundaciones, granizo, enfermedades; aumentos de: insumos, combustibles, fertilizantes, semillas, alquileres, maquinaria, repuestos y costos financieros.
Y después de asumir todos esos riesgos, cuando finalmente obtiene un resultado positivo, aparece el Estado reclamando una parte sustancial mediante el Impuesto a las Ganancias.
¿GANANCIA O CAPITAL DE TRABAJO?
Para un pequeño productor, una parte importante del resultado de una campaña no constituye dinero disponible para consumir ni una verdadera manifestación de riqueza.
Es el capital que necesita para volver a sembrar, alimentar su hacienda, reparar una máquina, comprar insumos, afrontar la próxima campaña o simplemente resistir un año malo.
Gravar ese resultado sin contemplar suficientemente esta realidad intrínseca significa, en los hechos, gravar la capacidad del productor de continuar produciendo.
El campo no es una actividad de ingresos constantes y previsibles. Un buen año muchas veces sirve para compensar pérdidas anteriores o para generar las reservas necesarias para enfrentar el próximo ciclo climático adverso.
Sin embargo, el sistema tributario continúa tratando al pequeño productor como si cada resultado positivo fuera una renta disponible.
EL PEQUEÑO PRODUCTOR NO PUEDE SEGUIR SIENDO LA VARIABLE DE AJUSTE
Existe además una enorme diferencia entre una gran empresa agropecuaria y una familia que trabaja una explotación pequeña o mediana.
No tiene la misma espalda financiera.
No tiene la misma capacidad de negociación.
No tiene el mismo acceso al crédito.
No tiene la misma posibilidad de distribuir riesgos.
Y tampoco tiene la misma capacidad para soportar una presión impositiva creciente.
Cuando desaparece un pequeño productor no desaparece solamente una unidad económica. Se pierde una familia vinculada al campo, más su impacto en la actividad comercial en los pueblos, empleo, inversión y producción.
El proceso de concentración productivo también se profundiza cuando el sistema tributario obliga al más chico a desprenderse de capital para pagar impuestos que debería utilizar para continuar produciendo.
PRODUCIR NO PUEDE CONVERTIRSE EN UN CASTIGO
Argentina necesita productores que inviertan, produzcan más y permanezcan en sus campos.
Necesita más producción, más empleo y más arraigo.
Pero resulta contradictorio pedir inversión y, al mismo tiempo, quitarle al pequeño productor una parte significativa de los recursos que necesita precisamente para volver a invertir.
Además, nos parece totalmente injusto que mientras se intima al pequeño productor a pagar el 35% de ganancias, se sancione el Rigi y Super Rigi dándole un trato diferencial -con enormes prebendas y reducción tributaria- a empresas multimillonarias con sede fuera del país, promoviendo así el extractivismo y el saqueo de nuestros recursos naturales.
No estamos pidiendo privilegios. Estamos pidiendo racionalidad.
El sistema tributario debe reconocer las particularidades de la actividad agropecuaria, sus ciclos productivos, su exposición climática y la necesidad permanente de reinversión.
RECLAMAMOS UNA REFORMA URGENTE
Solicitamos a las autoridades nacionales y a los legisladores, que impulsen modificaciones que otorguen un tratamiento diferencial y razonable a los pequeños y medianos productores agropecuarios.
Debe analizarse, entre otras medidas, un mecanismo que permita proteger la reinversión productiva, contemplar las distintas realidades de los que producen y segmentar las políticas tributarias.
El pequeño productor que reinvierte en su establecimiento no se está enriqueciendo: está intentando seguir produciendo.
El Estado debe comprender una realidad elemental:
Sin capital no hay inversión; sin inversión no hay producción; y sin productores no hay desarrollo posible para el interior argentino.
No podemos continuar aceptando pasivamente un sistema que primero exige producir, invertir y asumir todos los riesgos, y después considera “ganancia” a recursos indispensables para comenzar nuevamente el ciclo productivo.
Cada pequeño productor que abandona la actividad es una derrota para el interior productivo argentino.
Es momento de discutir seriamente un sistema tributario que incentive al que produce y reinvierte, en lugar de castigarlo hasta obligarlo a desaparecer.

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