Pocas construcciones tan humanas –por su fuerza mítica, belleza formal, atractivo lúdico– como la del laberinto. Nos hartamos de vincularlos con Borges, con Creta, con la antigüedad o el Renacimiento. Y siguen allí, a disposición, disfrazados de atractivo turístico, con un guiño –siempre ese guiño– a cierto misterio. En Malargüe existen dos, conocidos como los Laberintos Carmona. Uno de ellos, el que se ve en esta foto, es de forma circular –probablemente la que mejor le sienta a los laberintos– y está convenientemente rodeado de árboles. Internarse y sentir el cosquilleo de la posible pérdida; saber que, en realidad, todo es un juego. Disfrutar del puro goce de las formas, la frescura del verde, la extraña tranquilidad que emana de la naturaleza domesticada: no hay minotauro; quizás sí la intuición de que no somos nosotros sino el tiempo lo que se escurre por esos pasillos.

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