Si por algo nació la fotografía, no fue por nuestro afán por retratar el mundo, que también, sino por nuestra obsesión por esa materia decisiva e inasible, el tiempo. Ya lo venía haciendo la pintura: en cada trazo, fuera el de los primeros que dejaron sus huellas en las cavernas, o el de la sofisticación de los maestros del pincel, algo de lo que quedaba retenido era el tiempo. Estaban –están– en cada uno de esos trazos el pulso, la sustancia, el trabajo de quienes pintaban. Pero también, condensado en esas marcas, el tic-tac efímero de sus vidas. La fotografía profundizó ese legado, y así lo muestra esta imagen: un instante imposible de detener por otros medios, expuesto en toda su maravilla ante nuestros ojos. En el Open de Australia, Aryna Sabalenka, en pleno duelo con la checa Barbora Krejcikova, lanza la pelota al aire y el mundo –la cámara lo atestigua– se detiene.

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