Cuando filmó Pierrot el loco, Jean-Luc Godard trabajó con una específica paleta: rojo, azul, blanco, los colores de la bandera francesa (algo similar haría tiempo después Krzysztof Kieślowski con la trilogía Azul, Blanco, Rojo). La restricción, arbitraria como toda regla del juego aplicada a la creación, derivó en una película de textura inolvidable, Jean-Paul Belmondo y Anna Karina enfrascados en una road movie por momentos delirante, siempre chispeante, sofisticada, poética. Si el autor de esta foto se hubiera comprometido a una paleta única –azul, celeste, blanco– no le habría salido mejor. Es un instante en el Malecón de La Habana; el cielo se engama con el auto tanto como lo hacen la espuma del mar, el vapor, la iridiscencia del agua. El momento justo también radica en encuentros de este tipo: un vehículo inmune al paso del tiempo y el azar como solo lo puede capturar una cámara.

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