En las muñecas –sobre todo en los maniquíes– late el recuerdo del doppelgänger; la sospecha, hundida en infinidad de relatos, leyendas y pesadillas, de que un doble, probablemente siniestro, nos aguarda en algún rincón del mundo. La imagen que vemos aquí, obtenida en una esquina de Santa Teresita, no es tétrica aunque algo parecido a remotas inquietudes la habite. La ciudad balnearia, su ritmo apacible antes de la llegada del verano, aguarda en el fuera de campo, se infiltra apenas en la vestimenta expuesta: rosa flúo, atisbo de playa, abrigo para las tardes junto al mar. Y al mismo tiempo, atravesando cada detalle, la soledad infinita de las muñecas, el rostro expectante de una de ellas, la sombra que rebana el torso de la otra, una melancolía hecha de cortinas blancas, ladrillos grises y un silencio que se adivina mientras el doble, su fantasma, nos mira.

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