La tentación es pensar que todo esto es nuevo, pero no: lo nuevo, llegado el caso, es el aluvión de imágenes, la bulimia de datos, la extraña condición de recibir, a cada minuto y todo el tiempo, noticias de los más disímiles rincones del planeta. Y ahí está, en esta foto, un manifestante senegalés, una barricada sin el charme de las francesas, una bicicleta quemada que sirve para hacer un alto en la batalla. Vemos la convulsión, no tenemos claro ni el porqué ni el sustrato. Abruma la acumulación de violencias y tumultos, hacia el Este y hacia el Oeste. Es parte del bullicio que denunciaba Pascal Quignard en El odio a la música; recuerda la paradoja que se cuela en los últimos tramos de Los años, de Annie Ernaux: el registro de un tiempo de cambios acelerados sobre el trasfondo de una Historia (la grande, con mayúsculas) paralizada, igual a sí misma desde hace décadas.

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